miércoles 27 de agosto de 2008

EL PARAGUAS

Llovía y, como ya era una costumbre de la ciudad, ésta, hacía agua por todas partes. Para los que intentaban regresar de su trabajo, circular por el micro-centro era un suplicio. Baldosas flojas, entre charcos y charcos que salpicaban pantalones, polleras y zapatos provocaban grandes insultos hacia todos los jefes de gobierno habidos y por haber de la ciudad refundada por Garay con la mejor buena intención y sin saber en qué lío se metía. Corrían resignados a cobijarse bajo cualquier elemento que los protegiese.

Deolinda se asomó por la ventana: “La mierda que está feo” pensó “por suerte Aurora me prestó su paraguas, es un amor de chica, un poco rayada, pero a la gente hay que tomarla tal como es.”

Mientras ponía orden en sus papeles, llegó un mail desde Hong Kong, que ignoró. Como su jefe estaba de viaje, pudo tomarse esta libertad, había trabajado mucho y estaba “podrida” de los chinos; desde que eran independientes no tenían horario y, pretensiosos sin límites. Se creían los emperadores de las economías del universo. Razón no les faltaba.

Había dejado de llover; y Deolinda se dirigió hacia la estación Callao. Desde su privatización era una de las más calurosas; en los días en que la ciudad era agredida sin compasión por los rayos del sol parecía un sauna gigante, engañosamente ventilada por enormes turbos que sólo desplazaban, sin compasión, la masa de calor de un lado a otro del andén.

Aparte de la canícula, los servicios funcionaban bien. Entre otras cosas se podía comer desde una hamburguesa con todo tipo de condimentos, hasta cincuenta y siete gustos distintos de pizza a la piedra.

Cuando la chica llegó al puesto de helados y, como asidua asistente a todo tipo de sistema para adelgazar, decidió aprovechar que recién dentro de tres días tendría que ir a la reunión de colegas a controlar su peso, comió, un no tan modesto cucurucho de chocolate y dulce de leche. La llegada del subte hizo que se apurara a comer lo que restaba, sin darse cuenta de que el paraguas de su amiga caía al suelo y era levantado presuroso por un joven que lo puso en su maletín y se ubicó muy cerca de ella.

Era redondita y tenía lo suyo: facciones agradables, alta, apreciable busto que a muchos hombres les gustaba. Usaba anteojos sin marco y siempre tenía la sonrisa a flor de labios, lo que mostraba su buen carácter. Pero no tenía a nadie en quien descargar su cariño, sufría el mal de la época: faltaban pantalones rellenos con atributos masculinos.

Cuando se abrieron las puertas del subte ocurrieron varias cosas al mismo tiempo: se desocuparon dos asientos. Deolinda, que ya había terminado su helado, se sentó, y el joven pudo acomodarse a su lado. Ella abrió su bolso buscando un pañuelo de papel para limpiarse las manos y en ese instante se dió cuenta de que le faltaba el paraguas.

Volvió a buscar dentro de ese impresionante revoltijo que es una cartera de mujer, lápiz de labios, pañuelos, espejo, llaves, cigarrillos y encendedor, pero el adminículo no aparecía; mientras tanto el joven, de reojo, observaba y gozaba de la situación.

Se puso mal. Su amiga le había recomendado que lo cuidara, era un regalo de su novio, esa noche tendría flor de problema.

—- ¿Qué buscás? —preguntó él con una sonrisa burlona.

—- A vos qué te importa—respondió enojada.

—- Che, nena no te enojes, ¿es esto? —Y le mostró el paraguas.

La cara de la joven se transformó a la misma velocidad que el personaje de la película “La máscara”, era la dulzura personificada.

—¡ Ay!, sí ¿dónde lo encontraste?

—Por allí, dijo el joven haciéndose el interesante—¿no te parece que merezco alguna gratificación?.

Ella que no era zonza, dándose cuenta de su intención, le contestó:

—- Pará la mano, no te conozco, no sé quién sos, pero ¿me invitás a tomar un café? y charlamos un poco—dijo recordando el faltante de hombres en este mundo cruel.

De allí en adelante todo fue simple, fueron a un boliche y se hicieron grandes amigos; la conversación los atrapó de tal manera que cuando se fueron dejaron el paraguas olvidado.

II

—- ¡Mamá. Mamá, mirá lo que me encontré!, gritó como un desaforado Manolito mostrándole el paraguas.

—-Bestia peluda, ¿a quién se lo sacaste, devolvelo en seguida, ya bastante líos tuve con vos esta tarde cuando le pusiste un petardo encendido debajo del sillón a tu abuela. Por suerte es sorda como una tapia y no escuchó la explosión.

—-Mami, te lo juro, lo encontré en una silla, no me pegues, ¿no te acordás que prometí portarme bien.?

—-Bueno, dejáme tranquila, sentate y comé el sándwich y tomá tu tónica mientras llega tu papá.

El que esperaban no era el padre del chico, era el amante de turno de la mujer, que tenía como deporte cambiar de pareja con cierta facilidad; su hijo se había acostumbrado a la situación y ya no preguntaba.

La mujer tomó el paraguas y lo miró con curiosidad, le gustó y supuso que le traería suerte.

Pero no fue así.

En eso apreció el padre del chico que se había enterado que su ex-mujer se encontraría con su nuevo amigo.

Entró hecho una tromba en el lugar; al verla se acercó furioso, le propinó un tremendo sopapo, agarró al niño de la mano y se lo llevó diciendo:

—-Pobre de vos si intentás algo con el nene; no me interesa que te acuestes con cualquiera, pero a mi hijo no lo verás más.

I I I

El revuelo que se armó fue aprovechado por un “ciego” que en ese momento recorría el local pidiendo limosna; al ver el paraguas lo tomó y lo escondió bajo su campera, se sacó los anteojos negros y se perdió entre la gente que bajaba a la estación del subterráneo.

“Ya no me mojaré”, pensó contento.

Pero el destino le hizo una zancadilla. Fue atropellado por la multitud que esperaba volver a sus casas a esa hora y, sin poder retenerlo, el paraguas cayó a las vías siendo destrozado por el tren que entraba en ese momento a la estación Federico Lacroze.

domingo 17 de agosto de 2008

MALTRATO

El muchacho recorría sin rumbo fijo las calles de la ciudad. Era joven y sus largas piernas le permitían desplazarse y eludir sin dificultad a los pocos transeúntes que a esa hora y en ese tórrido amanecer se dirigían a sus ocupaciones. Bajo la pertinaz lluvia, la policía, que estaba detrás de él, con modernos vehículos, trataba de alcanzarlo, pero él, corriendo por las angostas calles, lograba, por el momento, mantener cierta distancia de ellos; no se había desprendido de la gallina que había robado de una casa cercana.

Vivía en un barrio de emergencia junto a su hermana y había que arreglárselas de cualquier manera para poder subsistir. Él trabajaba cada tanto como estibador en el puerto. La pequeña quedaba largas horas con algún vecino con el cual podía compartir eventualmente un poco de comida. El muchacho había quedado por el momento sin trabajo y les faltaba el alimento.

Esa madrugada no aguantó más y tomó una decisión: saldría a buscar comida. Si tenía que robar, lo haría. Nunca lo había hecho, pero ya no le importaba nada, no podía ver llorar de hambre a su hermanita. No comía nada consistente desde hacía varios días. Ella tenía apenas doce años.

Esta situación la habían vivido infinitas veces sin embargo siempre había conseguido algo dentro de las basuras para calmar sus estómagos; pero ya había pasado el recolector; lo único que había encontrado eran bolsas de plástico con deposiciones de algún perro que su amo había retirado de la vía pública para cumplir con las reglas de urbanismo.

Parecía que todos se habían puesto de acuerdo; no encontró nada ni siquiera algunos huesos de pollo que podría calentar en el brasero para preparar algún brebaje que se asemejase a una sopa.

Entonces vio el gallinero, miró a su alrededor y viendo que no había nadie, tomó por el cogote a la primera gallina que tuvo a su alcance. Y corrió hacia su casa; los desesperados chillidos de los dueños del animal alertaron a la policía que comenzó a perseguir al muchacho. Fueron implacables y no tardaron en alcanzarlo. Ya tirado en el cemento lo azotaron con brutal saña, ensangrentando sus garrotes, lo patearon destrozándolo internamente. Murió a los pocos minutos. Nadie hizo nada para detener a las bestias que dejaron tirado el cadáver en el pavimento, alejándose del lugar. Algún ser piadoso ya lo recogería.

El chico era negro.

sábado 9 de agosto de 2008

LA CAJA DE BOMBONES


I
La habían tirado allí en la madrugada, y por alguna razón, quedó oculta bajo un montón de basura y no fue encontrada por los linyeras que habitualmente visitaban ese sitio.
II
Era una mañana especial, cumplían bodas de oro. Fernando despertó temprano. Habrían de festejarlo esa noche junto a su familia reunida para esa ocasión .
Quería dar una alegría especial a su mujer, se lo merecía; soportarlo a él era una tarea por cierto difícil. En esos cincuenta años habían estado frente a situaciones duras, la vida ofrece momentos gratificantes pero también pone sus zancadillas. Había tenido problemas de salud, que Romina le ayudó a afrontar con cariño y mucha paciencia.
Aprovechando que ella dormía, se dirigió al centro comercial cercano; con intención de preparar un desayuno distinto.
Romina despertó y al no encontrar a su marido se puso mal, justo ese día, pero pronto se calmó al recordar que su esposo siempre hacía las compras temprano por la mañana.
Fernando al salir del hipermercado pasó frente a una bombonería donde exponían sus productos con buen gusto. Conocía la debilidad de su mujer, era golosa. Entró, lo atendió una hermosa joven, y en ese instante al hombre le brotó algo que ya tenía lejos en la memoria: la suave voz y el aspecto de la muchacha hicieron el resto.
— Señor ¿en qué puedo serle útil — preguntó. Él, completamente confundido, se sacó los anteojos empañados, se olvidó de todo, y lo único que atinó a decir fue:
—-Quiero un kilo de bombones.
— ¿Cuáles? —como dentro de una nebulosa, respondió :
—-Por favor, elíjalos usted.
Tuvo oportunidad de observar a la chica: alta, cabello rubio con dos largas trenzas que terminaban a la altura de la cintura confundiéndose con el comienzo de una cola bien redonda. Cuando se agachaba su corta pollera dejaba ver hermosas piernas. Toda ella era un espectáculo, y él se la comía con la mirada.
Dispuesta a quedar bien con su cliente, la joven seleccionó los bombones, los puso con sumo cuidado en una coqueta caja, uno por uno en su pirutin, preparó el paquete, le hizo un elegante envoltorio con papel de regalo dorado y cerrándolo con un gran moño rojo, se lo entregó.
Fernando abonó y como no tenía más nada que hacer en ese lugar le echó una última mirada a la vendedora, suspiró y volvió a su casa bastante movilizado, tan distraído estaba que dejó olvidado sobre el mostrador su tarjeta de crédito.
Como todos los sábados el trabajo era enloquecedor. Al rato, la cajera se dió cuenta del olvido de su cliente y lo informó a la encargada; ésta le pidió a la vendedora que lo llamara por teléfono para que la retirara, pero la mente de la muchacha estaba en otra cosa. Tenía previsto encontrarse con su novio y pasar juntos la noche. Al terminar su turno recordó el encargo y buscó la dirección de Fernando en la guía, le llevaría personalmente la tarjeta.
I I I
Esa noche Romina y su marido estaban en casa de su hijo festejando la grata fecha; tal fue la emoción por los regalos recibidos, que uno de los obsequios, la caja de bombones que Fernando había comprado esa mañana, quedó olvidada a un costado, abierta, pero sin haber sido tocado su contenido.
I V
Los jóvenes llegaron al hotel donde habrían de pasar las próximas horas. Cada instante fue de placer, quedaron agotados. Todas sus expectativas se vieron satisfechas. Mientras descansaban, la chica recordó su encargo; se lo comentó a su pareja y quedaron en llevarla más tarde.
Al abandonar la habitación, la muchacha tomó una hoja de papel y un sobre de la mesa de luz, puso dentro la tarjeta de crédito con una nota explicando lo ocurrido, y se dirigió al domicilio de Fernando. Como la casa estaba a oscuras, dejó la carta en el buzón; y se fue tranquila, feliz del brazo de su novio.
V
Ya de madrugada el matrimonio regresó a su casa, y mientras Fernando digitaba el código para abrir la puerta y aguantaba las fiestas de la perra, Romina abrió el buzón y se encontró con el sobre, lo abrió y leyó la nota, escrita con letra evidentemente femenina.
Al terminar se puso roja de indignación y atinó a gritar:
— ¡Fernando¡ justo hoy. Por eso te escapaste temprano esta mañana. Con otra podés y conmigo no, sos un degenerado—-abrió la puerta de calle, tomó lo primero que encontró, la caja de bombones, y sin pensarlo fue llorando hasta el baldío enfrente de su casa y la tiró al juntadero de basura
Su marido que no entendía nada, sorprendido levantó el papel y leyó:
“Señor, hoy a la mañana usted olvidó su tarjeta de crédito en nuestro establecimiento. Es un gusto devolvérsela, y esperamos volver a contar con su visita en un futuro cercano”.
El trozo de papel donde estaba escrita la nota era de color rosa y arriba a la derecha tenía impreso el membrete que decía: “Hotel Le Plaisir”.