Deolinda se asomó por la ventana: “La mierda que está feo” pensó “por suerte Aurora me prestó su paraguas, es un amor de chica, un poco rayada, pero a la gente hay que tomarla tal como es.”
Mientras ponía orden en sus papeles, llegó un mail desde Hong Kong, que ignoró. Como su jefe estaba de viaje, pudo tomarse esta libertad, había trabajado mucho y estaba “podrida” de los chinos; desde que eran independientes no tenían horario y, pretensiosos sin límites. Se creían los emperadores de las economías del universo. Razón no les faltaba.
Había dejado de llover; y Deolinda se dirigió hacia la estación Callao. Desde su privatización era una de las más calurosas; en los días en que la ciudad era agredida sin compasión por los rayos del sol parecía un sauna gigante, engañosamente ventilada por enormes turbos que sólo desplazaban, sin compasión, la masa de calor de un lado a otro del andén.
Aparte de la canícula, los servicios funcionaban bien. Entre otras cosas se podía comer desde una hamburguesa con todo tipo de condimentos, hasta cincuenta y siete gustos distintos de pizza a la piedra.
Cuando la chica llegó al puesto de helados y, como asidua asistente a todo tipo de sistema para adelgazar, decidió aprovechar que recién dentro de tres días tendría que ir a la reunión de colegas a controlar su peso, comió, un no tan modesto cucurucho de chocolate y dulce de leche. La llegada del subte hizo que se apurara a comer lo que restaba, sin darse cuenta de que el paraguas de su amiga caía al suelo y era levantado presuroso por un joven que lo puso en su maletín y se ubicó muy cerca de ella.
Era redondita y tenía lo suyo: facciones agradables, alta, apreciable busto que a muchos hombres les gustaba. Usaba anteojos sin marco y siempre tenía la sonrisa a flor de labios, lo que mostraba su buen carácter. Pero no tenía a nadie en quien descargar su cariño, sufría el mal de la época: faltaban pantalones rellenos con atributos masculinos.
Cuando se abrieron las puertas del subte ocurrieron varias cosas al mismo tiempo: se desocuparon dos asientos. Deolinda, que ya había terminado su helado, se sentó, y el joven pudo acomodarse a su lado. Ella abrió su bolso buscando un pañuelo de papel para limpiarse las manos y en ese instante se dió cuenta de que le faltaba el paraguas.
Volvió a buscar dentro de ese impresionante revoltijo que es una cartera de mujer, lápiz de labios, pañuelos, espejo, llaves, cigarrillos y encendedor, pero el adminículo no aparecía; mientras tanto el joven, de reojo, observaba y gozaba de la situación.
Se puso mal. Su amiga le había recomendado que lo cuidara, era un regalo de su novio, esa noche tendría flor de problema.
—- ¿Qué buscás? —preguntó él con una sonrisa burlona.
—- A vos qué te importa—respondió enojada.
—- Che, nena no te enojes, ¿es esto? —Y le mostró el paraguas.
La cara de la joven se transformó a la misma velocidad que el personaje de la película “La máscara”, era la dulzura personificada.
—¡ Ay!, sí ¿dónde lo encontraste?
—Por allí, dijo el joven haciéndose el interesante—¿no te parece que merezco alguna gratificación?.
Ella que no era zonza, dándose cuenta de su intención, le contestó:
—- Pará la mano, no te conozco, no sé quién sos, pero ¿me invitás a tomar un café? y charlamos un poco—dijo recordando el faltante de hombres en este mundo cruel.
De allí en adelante todo fue simple, fueron a un boliche y se hicieron grandes amigos; la conversación los atrapó de tal manera que cuando se fueron dejaron el paraguas olvidado.
II
—- ¡Mamá. Mamá, mirá lo que me encontré!, gritó como un desaforado Manolito mostrándole el paraguas.
—-Bestia peluda, ¿a quién se lo sacaste, devolvelo en seguida, ya bastante líos tuve con vos esta tarde cuando le pusiste un petardo encendido debajo del sillón a tu abuela. Por suerte es sorda como una tapia y no escuchó la explosión.
—-Mami, te lo juro, lo encontré en una silla, no me pegues, ¿no te acordás que prometí portarme bien.?
—-Bueno, dejáme tranquila, sentate y comé el sándwich y tomá tu tónica mientras llega tu papá.
El que esperaban no era el padre del chico, era el amante de turno de la mujer, que tenía como deporte cambiar de pareja con cierta facilidad; su hijo se había acostumbrado a la situación y ya no preguntaba.
La mujer tomó el paraguas y lo miró con curiosidad, le gustó y supuso que le traería suerte.
Pero no fue así.
En eso apreció el padre del chico que se había enterado que su ex-mujer se encontraría con su nuevo amigo.
Entró hecho una tromba en el lugar; al verla se acercó furioso, le propinó un tremendo sopapo, agarró al niño de la mano y se lo llevó diciendo:
—-Pobre de vos si intentás algo con el nene; no me interesa que te acuestes con cualquiera, pero a mi hijo no lo verás más.
I I I
El revuelo que se armó fue aprovechado por un “ciego” que en ese momento recorría el local pidiendo limosna; al ver el paraguas lo tomó y lo escondió bajo su campera, se sacó los anteojos negros y se perdió entre la gente que bajaba a la estación del subterráneo.
“Ya no me mojaré”, pensó contento.
Pero el destino le hizo una zancadilla. Fue atropellado por la multitud que esperaba volver a sus casas a esa hora y, sin poder retenerlo, el paraguas cayó a las vías siendo destrozado por el tren que entraba en ese momento a la estación Federico Lacroze.



