jueves 26 de junio de 2008

PÓKER GRAN PARANÁ

Rigoberto sintió en todos sus huesos que había manejado demasiado y decidió hacer noche en el primer hotel que apareciese sobre la ruta.

Hacía veinte años que era viajante para una fábrica de chacinados en la zona de la Mesopotamia y a pesar de que su clientela le era fiel, las ventas, en los seis últimos meses habían caído mucho y su situación se tornaba cada vez más complicada; “Nenucha”, su pareja, le había puesto un ultimátum: estaba cansada de tantas penurias y si no mejoraban sus ingresos no le quedaba otra alternativa, estaba decidida a dejarlo.

Dejó el bolso en la habitación, y bajó a cenar, con intención de ir a descansar temprano. Trataría de olvidar por un rato sus problemas.

Mientras cenaba observó que en un costado del salón se jugaba a las cartas. Sintió un cosquilleo que le era conocido y se dijo: “el juego te puede y tu situación es difícil, no estás en condiciones de perder un solo peso”. Sin embargo la curiosidad pudo más y se acercó.. Eran cuatro hombres que jugaban fuerte y como cada mesa tiene su propias reglas se quedó mirando.

Lo invitaron a jugar y el respondió que un poco más tarde.

De pronto se escuchó un griterío. Uno de los jugadores pegó un grito que atravesó el salón. Había ganado un fuerte pozo. Abrió las cartas y mostró un as de corazón, un siete de trébol, un nueve de diamante, un diez de corazón y una dama de pique, lo abrazaron y lo felicitaron palmeándole efusivamente la espalda

Rigoberto que jugaba al póquer con frecuencia no entendía nada; eran cinco cartas que no conformaban ningún juego conocido. Preguntó el porqué y le contestaron que era el: Póker Gran Paraná.

La tentación lo pudo. Aceptó la invitación, pero se hizo una promesa, a la primera mano mala dejaría de jugar.

El ambiente era tal como se muestra en las películas; los jugadores alrededor de una mesa redonda con poca luz, oteando sus cartas y envueltos en un denso humo de cigarros baratos con las viseras características para que no se le pudiese ver la expresión del rostro.

Hasta ese momento Rigoberto no había no perdido ni ganado, por lo tanto se divertía barato, pero...

Ya cansado avisó que sería su último juego. Sus compañeros se miraron entre sí, dudaron un instante pero estuvieron de acuerdo.

Rigoberto recibió sus cartas. Abrió la primera: un as de corazón, la segunda un diez de corazón “otra porquería” pensó irse al mazo pero algo se lo impidió y abrió la tercera: una dama de pique y de inmediato recordó las cinco cartas del Póker Gran Paraná. Se le cruzaron por la mente muchos de sus problemas, ¿podría retener a “Nenucha”?. ¡A la flauta! ¿tendría suerte esa noche? Miró el pozo acumulado y lo calculó: por lo menos veinte lucas. Se envalentonó y cuando el que repartía preguntó a los jugadores: ¿Cuantas? El pidió dos y las abrió de a una con suma cautela. Eran el siete de trébol y el nueve de diamante y su corazón pegó un salto. Trató de ocultar su ansiedad y le dio una chupada violenta al cigarrillo que no respondió, estaba apagado.

Volvieron a apostar; él se olvidó de todas sus buenas intenciones y por un momento se le cruzó por la cabeza reservar lo indispensable para poder seguir con su recorrido al día siguiente.

Su imaginación volaba. En esa bendita mesa estaba la solución de casi todos sus problemas. Pagaría sus deudas, mandaría al demonio a su amigo que le había negado el préstamo. Miró con avidez el pozo y vio que por lo menos se había duplicado, ¡cuanta guita!.

Se aumentaron las apuestas, Rigoberto se obnubiló y empujó al centro del paño todas sus fichas, había llegado la hora de la verdad. El primer jugador que abrió sus cartas mostró un full de reyes y reinas; otro, una pierna de ochos; el tercero tenía dos pares y quedaba el más joven que se despachó con cuatro reyes e intentó recoger el dinero del pozo. Rigoberto gritó: ¡No! y mostrando sus cartas exclamó: ¡Tengo Póker Gran Paraná¡ a lo cual los demás jugadores exclamaron al unísono ¡el Póker Gran Paraná se da una sola vez en la noche!.

Martínez 20 de abril de 1999

sábado 21 de junio de 2008

BIANCA Y SUS SIETE AMANTES

1

Reyna, vivía junto a su hijastra Bianca, en un coqueto departamento con amplia vista al Jardín Botánico sobre la avenida Santa Fe. Era un último piso con ambientes bien amueblados, uno era el dormitorio de la dueña de casa, el otro lo ocupaba su hijastra, lo que Reyna ignoraba, a pesar de vivir muchos años en ese departamento era que a través de las paredes Bianca escuchaba todo lo que sucedía en la habitación contigua en donde ella, su madrastra, desarrollaba sus actividades; contaba con mullidas alfombras que hacían que el desplazamiento de las personas resultase silencioso. Tenía una pileta con forma de riñón que le daba un toque distinguido a todo el entorno.

Plantas, algunas exóticas, flores de variado origen, pequeños adornos todos de buen gusto, como así también cuadros de reconocidos autores argentinos que hacían del ambiente un lugar acogedor en donde los clientes esperaban, su turno, con un vaso de wisky con hielo a su disposición. . La ocupación de la dueña necesitaba de estos lujos.

Reyna, había quedado viuda relativamente joven, y a cargo de Bianca por la cual no profesaba demasiado cariño, pero no tenía otra alternativa.

Cercana a los cincuenta, su aspecto era impecable. Alta, con una figura moldeada por años de gimnasia, era para su edad, una mujer atractiva , por otra parte su oficio así se lo exigía, siempre peinada a la última moda y su vestuario preparado por una modista amiga que lograba mostrar todas sus curvas y algo más.

Al morir el marido, que había dejado la mayor parte de la herencia a su hija y el resto a su esposa, con la condición de que el dinero no podría emplearse hasta la mayoría de edad de la niña, siempre y cuando las dos estuviesen con vida para esa ocasión. En el caso de que una de las dos falleciera (no tendría que ser por muerte violenta), la otra heredaría el total de la fortuna.

Los ingresos de Reyna eran importante pero no suficientes , por lo tanto se veía obligada a recibir la visita casi todos los días de caballeros que, por el pago de sus servicios solventaban los gastos que ocasionaba la compleja educación de Bianca, quien, por ser zurda, presentaba dificultades en sus estudios; los maestros intentaron modificar esa tendencia, pero por el contrario, su mano izquierda era la que más empleaba causándole inconvenientes con todos los que la rodeaban.

. La actividad de la madrastra funcionaba bien aunque con un elevado costo: al final de cada jornada quedaba exhausta . Su obsesión era seguir el tren de vida al cual la había acostumbrado su difunto marido.

Por su parte, Bianca, ya en plena adolescencia, no muy alta, casi menuda mostraba atributos nada despreciables, rasgos finos, tez muy blanca, cabello bien negro que le llegaba hasta la cintura; ya era para esa edad, diecisiete, una presa apetecible y ella lo sabía.

Algunos visitantes intentaron acercarse, a lo cual Reyna intervino con dureza: “Es mi negocio, no es el tuyo y no quiero que nadie me lo arruine”.

Sin embargo el argumento no dio resultado y, como el problema ya había salido de los carriles normales y era inaguantable, decidió cortar drásticamente la situación: encargó a uno de sus custodios que se llevase a Bianca y la hiciese desaparecer en algún lugar lejano sin ninguna alternativa de contactarse con nadie y menos tener posibilidades retornar a la ciudad.

Esa noche el hombre se llevó a la joven para cumplir con el pedido de su patrona. Por supuesto la chica estaba encantada, era la primera vez que salía sola con alguien del sexo opuesto.

Y ocurrió: Bianca, que había aprendido las artes de su madrastra casi todo a través de la pared de su dormitorio lo sedujo. Por supuesto él sucumbió y ella con gusto perdió su virginidad en el asiento trasero de su automóvil.

El joven, que en realidad era un buen chico tenía su corazoncito, decidió no lastimarla y la alojó en una cabaña de su propiedad, que rodeada de frondosos árboles la ocultaban de la vista de la gente que solía pasar por allí, él la empleaba para el fin de semana y le prometió que la visitaría todos los viernes por la noche. Asi aprovecharía su día libre. Por supuesto su patrona no tendría que enterarse de que la chica vivía en ese lugar tan cerca de la ciudad.

La casa tenía un aspecto muy particular, un poco más baja que las demás. Con techo de paja, a dos aguas, de madera entrelazada con largas raíces de cáñamo que sostenían toda la estructura. Los pisos eran de madera estacionada oscura y tenía una chimenea que parecía preparada para personas un poco más bajas que lo normal. Por esa razón había sido comprada barata y a un precio conveniente Era cómoda y acogedora .

2

En un comienzo Bianca apenas salía, se sentía muy bien con todas las comodidades que tenía a su disposición.

Al poco tiempo, ya con algo más de confianza, se animó a salir y pudo apreciar que en el vecindario había buena cantidad de varones quienes en cuanto se hizo ver, no ocultaron que es lo que deseaban.

. En el recorrido, cuando realizaba para las compras, la acompañaban hermosas palabras de admiración de todos los hombres que esperaban verla pasar.

No era para menos, con su manera de caminar, en su audaz vestimenta sabía cómo mostrar sus atributos y lo aprovechaba para promocionarse frente a la voracidad masculina.

Un buen día se preguntó si su madrastra podía ganar buen dinero ¿por qué no ella?

Pero no pensaba trabajar tan duro, así que planificó las visitas y decidió que serían no más de siete encuentros semanales; era su número de la buena suerte.

Los lunes, lo pasaba con algún caballero mayor que buscaba el cariño perdido en su casa; por supuesto Bianca lograba consolarlo. La tarifa sufría un recargo. Era mucho trabajo, que le pagaban sin regatear.

Los martes atendía a dos jóvenes con poca experiencia, no más. Les enseñaba, con ejemplos reales, de que manera hacer más placenteros los encuentros con sus primeras conquistas. Como llegaban juntos y mayormente eran estudiantes, el arancel sufría un descuento.

Luego de esta jornada quedaba sin fuerzas, por lo tanto el día miércoles recién de noche, recibía a algún señor de mediana edad con el cual no tenía demasiado trabajo y la tarifa era a voluntad.

Los jueves citaba a dos clientes con experiencia, en distintos turnos, uno por la tarde y el otro por la noche, de los cuales siempre aprendía nuevas técnicas que habría de emplear con algún cliente inexperto.

Y la noche del viernes la dejaba libre para dedicarse por completo al dueño de casa. Lo esperaba ansiosa. Con el tiempo aprendieron a quererse y eran una buena pareja. Una suave alfombra frente a la encendida chimenea proporcionaba la comodidad necesaria para sus juegos de amor.

No le fue mal; los sábados y domingos dormía hasta tarde, y se entretenía en cuidar el jardín y su huerta, y por la noche veía todas las telenovelas posibles repantigada en su sillón favorito, vestida con un corto pantaloncito y con una blusa muy liviana, comiendo alguna empanada o porción de pizza, que compraba en un local cerca de su casa.

3

Una noche de verano, Reyna, se enteró por una infidencia de un cliente en común de que la hijastra estaba cerca, que era su competidora y que tenía la agenda completa para las próximas semanas.

La madrastra se puso hecha una furia y se dijo “Esto no puede seguir así”.. Consultó a un cliente medico; le pidió algo con la cláusula de que la muerte de Bianca no tendría que ser violenta. El hombre luego de varias consultas entre sus colegas preparó un veneno que, agregando siete gotas a una pizza de anchoas, al poco tiempo de consumida le produciría una muerte suave sin dejar rastro alguno. A lo sumo aparentaría un paro cardíaco.

Reyna hizo el pedido según se lo indicaba la receta y esperaba que el sabor peculiar de la anchoa disimularía el sabor, agregó el veneno en la cantidad indicada por su cliente, sobornó al chico que hacía el reparto y le hizo llegar a su hijastra la comida letal.

Esa noche de viernes tenía una luminosidad especial, un cielo sin nubes bañado por una luna que con su luz iluminaba todo a su alrededor. Bianca, esperaba a su amigo que no había llegado aún. Escuchó el timbre, fue a ver quién era y abrió la puerta. Se extrañó, no había encargado nada, pero supuso que algún admirador quería quedar bien con ella. Como tenía hambre, recibió el paquete de manos del cadete.

La madrastra, que no pudo dominar su ansiedad, se llegó hasta el lugar y espió a través de una de las ventanas. Con satisfacción vio cómo Bianca abría el envoltorio y comenzaba a comer. Al escuchar un ruido cerca de ella y no queriendo ser descubierta se alejó, pero, como ya había visto bastante, quedó satisfecha. En pocos minutos más ya no tendría de qué preocuparse por la competencia de su hijastra.

De lo que no se enteraría nunca era de que la joven no habría de morir tal como ella lo había planeado. El que había preparado la receta del veneno no aclaró por considerarlo imposible, que el único antídoto descubierto por sus colegas era comer una pizza de anchoas con la mano izquierda, un viernes a la noche iluminada con una luna llena.

Martínez 12 de noviembre de 1998

Cuento original escrito en noviembre del año 1998 y corregido con la experiencia de octubre 2007, y revisado en mayo 2008.

E L L A

Georgina vivía en el último piso de un edificio céntrico, no demasiado lujoso, pero sí coqueto y prolijo. cálido y acogedor como su ocupante; los estantes llenos de libros en distintos idiomas, el viejo Winco que todavía funcionaba, y otra repisa que era ocupada por videos con temas de interés general y una discoteca muy bien surtida. El habitat mostraba una necesidad de cultura. En cada resquicio libre se veía todo tipo de plantas y pequeños adornos , centenares de elefantes de toda forma y tamaño, que eran su locura, bichitos, mariposas de vidrio, porcelana, madera, era un gusto ver como lo tenía ubicado en distintas mesitas.

Había emigrado de muy joven desde Georgia que en ese momento estaba bajo la dominación de Ucrania.

Tuvo variados trabajos y hoy tenía un negocio en una pequeña galería en las afueras de la ciudad y le iba bien, cubría sus necesidades y algo más. Nunca se había casado, a pesar de eso, a su manera, era feliz.

La experiencia, adquirida a través de su largo recorrido por este mundo, le otorgaba inteligencia y capacidad necesaria para comprender a todos sus congéneres que continuamente le contaban y la mantenían al tanto de sus penas y problemas.

Por su curiosidad conocía todas las novedades políticas, científicas, culturales e inclusive de los últimos chimentos de la farándula, a veces sus conocimientos no alcanzaban pero igual encontraba manera de hablar con sentido de lo que ocurría su alrededor, siempre de buen humor. Era una samaritana, la querían todos.

Se dedicaba casi por completo a sus plantas y era correspondida por ellas. A su manera, éstas también estaban prendadas de su manera de ser.

Una mañana volviendo de sus compras cotidianas encontró tirada en la basura de un vecino y que por su raquítico tamaño pasaba desapercibida, una planta que apenas pocos centímetros que sobresalía de una maltrecha maceta. La recogió, la limpió, y la puso en un nuevo macetero. Le habló con cariño, creyó sentir reciprocidad a sus cuidados y la transformó en su preferida.

Pasó el tiempo. Su nueva inquilina crecía rápido ; la tuvo que ubicar en otro sitio de la habitación, en el piso, cerca de la ventana, para que se pudiese acomodar a sus anchas sin molestar a las demás

Georgina vivía sin problemas, siempre contenta.

Una mañana, mientras regaba sus plantas percibió un movimiento extraño de su favorita: ésta apoyó una hoja en su brazo. No le dio importancia, supuso que era su imaginación. Pero la actitud se fue repitiendo casi a diario, y se transformó en una costumbre.

Aquel día cerca del anochecer notó que los brotes de la planta crecían en forma extraña y que comenzaban a ramificarse debajo de los muebles y alfombras, reptaba por las paredes, se metían por todos lados. Se preocupó y pidió consejo a Ronaldo, un paisajista amigo, que le aconsejó podar las ramas, los meses pares las oscuras y los impares las claras.

Estaba decidida a no desprenderse de ella.

Las instrucciones dieron resultado, la planta detuvo su crecimiento.

Y como era metódica, el recortar los brotes se le hizo una rutina. Pero una distracción causó que en el mes de noviembre podase las ramas equivocadas. Al darse cuenta de su error, ya era tarde, la planta comenzó a crecer de una manera desmedida, con tanta violencia que podía escuchar los movimientos que durante el día se magnificaban. En la noche le era imposible descansar.

Consultó con el paisajista, éste le aconsejó sacarla de inmediato del departamento. A pesar de su pena. estuvo de acuerdo y lo decidió un viernes a última hora. Su amigo traería ayuda el lunes para poder retirarla.

Georgina trastornada pasó la noche del sábado en vela.

Ronaldo, preocupado, intentó, en la mañana del domingo, comunicarse con ella. Como no respondía el teléfono, pidió al encargado que le facilitase la llave maestra. Tuvo dificultades para abrir. Forzó la puerta y se encontró con el departamento invadido de ramas, los muebles volcados, alfombras levantadas, era un pandemoniun. Buscó a Georgina por todas partes, pero no la encontró.

Por último se asomó por la ventana y allí la vio en el balcón de abajo, en cuclillas en el piso, echa un ovillo, en camisón, aterida de frío. En su rostro una expresión de asombro y terror, con la vista clavada en una gruesa rama de la cual pendía una hoja en la que se dibujaba una cruel mueca de satisfacción.

En ese instante, Ronaldo sintió que de atrás lo empujaban.

Martínez 22 de junio de 2002

jueves 19 de junio de 2008

OCULTOSO PERDIDO

Un pequeño cuento de amor

Junto a su esposa, Ocultoso Perdido eran los únicos habitantes de una vivienda en el Tigre apoyada sobre pilotes de madera y que debajo formaba un sitio donde había toda clase de cosas: leña para la chimenea, un bote para eventuales inundaciones, la indispensable bomba de agua acompañada por otra manual para el caso de que faltase energía eléctrica, y tubos de gas. Todo lo que no servía iba a parar allí, por las dudas, pero jamás se volvería a usar.

Habían llegado a esa casa recién casados, medio siglo antes, y allí habían pasado casi toda la vida; a falta de tener hijos sentían la casa con sus añejas vigas de maderas como su descendencia y la cuidaron hasta que la muerte de la esposa produjo una momentánea separación. Ahora Ocultoso vivía solo en ese lugar que representaba todo para él. Resignado esperaba el final de sus días rodeado de las cosas queridas que lo habían acompañado durante toda su existencia.

l I

El lector curioso querrá saber la razón del extraño nombre de nuestro personaje.

En el siglo XVIII, un pastor protestante llamado Archibald Lost* fue trasladado por orden del obispado desde la campiña inglesa a una ciudad de España.

Para que pudiese hacerse cargo de su nueva misión, y que tuviese efectividad su presencia en ese lugar, la superioridad le había exigido que españolizase su apellido y así Lost se transformó en Perdido; Archibald Lost era un antepasado lejano de Ocultoso.

I I I

Pocas semanas antes del nacimiento de nuestro hombre, su padre , un jugador compulsivo, había hecho una apuesta: que en dos horas podría rectificar veintisiete arandelas muy sofisticadas que se colocaban dentro de los amortiguadores de los automóviles de alta competición.

Éstas eran las condiciones: si cumplía con lo estipulado, un compañero lo reemplazaría en el torno durante quince días y él gozaría de vacaciones y si perdía, previas consultas entre sus camaradas, le impondrían un nombre ridículo al hijo por nacer. Produjo veintiséis unidades. Fue una fiesta acompañarlo a registrar al pequeño Querían asegurarse de que cumpliría con lo estipulado.

Las consecuencias de esa burda apuesta dieron como resultado que el niño se llamase Ocultoso.

Su vida fue un calvario. Ya en la escuela, sus compañeritos, crueles como solamente suelen ser los niños, le habían puesto toda clase de apodos, inclusive sus maestros, cada vez que lo nombraban, no podían reprimir una leve sonrisa. Era el receptor de todo tipo de bromas, la mayoría muy hirientes. Lo tenían a mal traer.

Tenía fundados temores de que en los estudios superiores, sus condiscípulos también le harían la vida imposible. Al finalizar el colegio, no quiso seguir estudiando y decidió buscar trabajo. Tuvo una idea que lo ayudó a sobrellevar su carga: le pidió a su patrón que lo llamase con otro nombre frente a sus compañeros y como éste era una persona comprensiva, así lo hizo. Pudo trabajar sin problemas: se llamó Paco.

A pesar de todo, Ocultoso no se resignó; ya adulto trató de modificar su nombre, pero los funcionarios del Registro Civil consideraron que no era ofensivo ni para él ni para los demás y le rechazaron una y otra vez su petición.

IV

A pesar de todo, la vida tiene vericuetos gratificantes. En sus cotidianos viajes hasta el trabajo conoció a una muchacha bonita, alegre y charlatana. Pronto se hicieron amigos y al poco tiempo, se dieron cuenta de que eran el uno para el otro. Llamarse Ocultoso no fue ninguna traba para su romance, ella también tenía un nombre poco común: Clodomira Pereyra.

Pocos meses después se casaron; con sus ahorros compraron una casa de madera muy vieja en el Tigre y en bastante mal estado, lo que no fue impedimento para afrontar la gran aventura. Con el transcurrir de los años, la transformaron en una vivienda confortable. Los primeros muebles, eran de quebracho. La cama, algunos armarios, la mesa del comedor y sillas fueron comprados en un corralón que vendía elementos usados. La parte blanca era obra de ella. y Ocultoso se ocupaba de todo lo demás. Como sentían gran cariño por los animales; criaron a una pareja de ovejeros alemanes que los acompañaba. También cumplían las veces de guardianes. En poco tiempo llenaron el lugar de impertinentes cachorros que después fueron regalados porque ya no quedaba espacio para albergarlos.

En los ambientes de la casa se notaba la dulce mano de Clodomira. Los manteles de alegres colores, toda clase de muñecos de lana desparramados por cada rincón, coquetas cortinas en las ventanas, donde las macetas con flores infundían calidez al hogar.

Fueron felices a pesar de sus extraños nombres, estos sonaban con dulce sabor cuando los pronunciaban entre ellos.

Transcurrieron los años, la pareja logró granjearse el cariño de todos los vecinos y amigos. Ella fue la primera que dejó este mundo; él no aguantó y la siguió al poco tiempo.

V

Acatando su última voluntad: lo vistieron con sus mejores ropas, lo acostaron en la cama donde había compartido las horas de amor con su esposa y lo cremaron juntamente con su “hija”, en una ceremonia donde las llamas se elevaron en un cielo limpio que esperaba por las almas que viajaban hacia el infinito.

*Lost: significa perdido en ingles.

Martínez, 22 de julio 1997