domingo 17 de agosto de 2008

MALTRATO

El muchacho recorría sin rumbo fijo las calles de la ciudad. Era joven y sus largas piernas le permitían desplazarse y eludir sin dificultad a los pocos transeúntes que a esa hora y en ese tórrido amanecer se dirigían a sus ocupaciones. Bajo la pertinaz lluvia, la policía, que estaba detrás de él, con modernos vehículos, trataba de alcanzarlo, pero él, corriendo por las angostas calles, lograba, por el momento, mantener cierta distancia de ellos; no se había desprendido de la gallina que había robado de una casa cercana.

Vivía en un barrio de emergencia junto a su hermana y había que arreglárselas de cualquier manera para poder subsistir. Él trabajaba cada tanto como estibador en el puerto. La pequeña quedaba largas horas con algún vecino con el cual podía compartir eventualmente un poco de comida. El muchacho había quedado por el momento sin trabajo y les faltaba el alimento.

Esa madrugada no aguantó más y tomó una decisión: saldría a buscar comida. Si tenía que robar, lo haría. Nunca lo había hecho, pero ya no le importaba nada, no podía ver llorar de hambre a su hermanita. No comía nada consistente desde hacía varios días. Ella tenía apenas doce años.

Esta situación la habían vivido infinitas veces sin embargo siempre había conseguido algo dentro de las basuras para calmar sus estómagos; pero ya había pasado el recolector; lo único que había encontrado eran bolsas de plástico con deposiciones de algún perro que su amo había retirado de la vía pública para cumplir con las reglas de urbanismo.

Parecía que todos se habían puesto de acuerdo; no encontró nada ni siquiera algunos huesos de pollo que podría calentar en el brasero para preparar algún brebaje que se asemejase a una sopa.

Entonces vio el gallinero, miró a su alrededor y viendo que no había nadie, tomó por el cogote a la primera gallina que tuvo a su alcance. Y corrió hacia su casa; los desesperados chillidos de los dueños del animal alertaron a la policía que comenzó a perseguir al muchacho. Fueron implacables y no tardaron en alcanzarlo. Ya tirado en el cemento lo azotaron con brutal saña, ensangrentando sus garrotes, lo patearon destrozándolo internamente. Murió a los pocos minutos. Nadie hizo nada para detener a las bestias que dejaron tirado el cadáver en el pavimento, alejándose del lugar. Algún ser piadoso ya lo recogería.

El chico era negro.