I
La habían tirado allí en la madrugada, y por alguna razón, quedó oculta bajo un montón de basura y no fue encontrada por los linyeras que habitualmente visitaban ese sitio.
II
Era una mañana especial, cumplían bodas de oro. Fernando despertó temprano. Habrían de festejarlo esa noche junto a su familia reunida para esa ocasión .
Quería dar una alegría especial a su mujer, se lo merecía; soportarlo a él era una tarea por cierto difícil. En esos cincuenta años habían estado frente a situaciones duras, la vida ofrece momentos gratificantes pero también pone sus zancadillas. Había tenido problemas de salud, que Romina le ayudó a afrontar con cariño y mucha paciencia.
Aprovechando que ella dormía, se dirigió al centro comercial cercano; con intención de preparar un desayuno distinto.
Romina despertó y al no encontrar a su marido se puso mal, justo ese día, pero pronto se calmó al recordar que su esposo siempre hacía las compras temprano por la mañana.
Fernando al salir del hipermercado pasó frente a una bombonería donde exponían sus productos con buen gusto. Conocía la debilidad de su mujer, era golosa. Entró, lo atendió una hermosa joven, y en ese instante al hombre le brotó algo que ya tenía lejos en la memoria: la suave voz y el aspecto de la muchacha hicieron el resto.
— Señor ¿en qué puedo serle útil — preguntó. Él, completamente confundido, se sacó los anteojos empañados, se olvidó de todo, y lo único que atinó a decir fue:
—-Quiero un kilo de bombones.
— ¿Cuáles? —como dentro de una nebulosa, respondió :
—-Por favor, elíjalos usted.
Tuvo oportunidad de observar a la chica: alta, cabello rubio con dos largas trenzas que terminaban a la altura de la cintura confundiéndose con el comienzo de una cola bien redonda. Cuando se agachaba su corta pollera dejaba ver hermosas piernas. Toda ella era un espectáculo, y él se la comía con la mirada.
Dispuesta a quedar bien con su cliente, la joven seleccionó los bombones, los puso con sumo cuidado en una coqueta caja, uno por uno en su pirutin, preparó el paquete, le hizo un elegante envoltorio con papel de regalo dorado y cerrándolo con un gran moño rojo, se lo entregó.
Fernando abonó y como no tenía más nada que hacer en ese lugar le echó una última mirada a la vendedora, suspiró y volvió a su casa bastante movilizado, tan distraído estaba que dejó olvidado sobre el mostrador su tarjeta de crédito.
Como todos los sábados el trabajo era enloquecedor. Al rato, la cajera se dió cuenta del olvido de su cliente y lo informó a la encargada; ésta le pidió a la vendedora que lo llamara por teléfono para que la retirara, pero la mente de la muchacha estaba en otra cosa. Tenía previsto encontrarse con su novio y pasar juntos la noche. Al terminar su turno recordó el encargo y buscó la dirección de Fernando en la guía, le llevaría personalmente la tarjeta.
I I I
Esa noche Romina y su marido estaban en casa de su hijo festejando la grata fecha; tal fue la emoción por los regalos recibidos, que uno de los obsequios, la caja de bombones que Fernando había comprado esa mañana, quedó olvidada a un costado, abierta, pero sin haber sido tocado su contenido.
I V
Los jóvenes llegaron al hotel donde habrían de pasar las próximas horas. Cada instante fue de placer, quedaron agotados. Todas sus expectativas se vieron satisfechas. Mientras descansaban, la chica recordó su encargo; se lo comentó a su pareja y quedaron en llevarla más tarde.
Al abandonar la habitación, la muchacha tomó una hoja de papel y un sobre de la mesa de luz, puso dentro la tarjeta de crédito con una nota explicando lo ocurrido, y se dirigió al domicilio de Fernando. Como la casa estaba a oscuras, dejó la carta en el buzón; y se fue tranquila, feliz del brazo de su novio.
V
Ya de madrugada el matrimonio regresó a su casa, y mientras Fernando digitaba el código para abrir la puerta y aguantaba las fiestas de la perra, Romina abrió el buzón y se encontró con el sobre, lo abrió y leyó la nota, escrita con letra evidentemente femenina.
Al terminar se puso roja de indignación y atinó a gritar:
— ¡Fernando¡ justo hoy. Por eso te escapaste temprano esta mañana. Con otra podés y conmigo no, sos un degenerado—-abrió la puerta de calle, tomó lo primero que encontró, la caja de bombones, y sin pensarlo fue llorando hasta el baldío enfrente de su casa y la tiró al juntadero de basura
Su marido que no entendía nada, sorprendido levantó el papel y leyó:
“Señor, hoy a la mañana usted olvidó su tarjeta de crédito en nuestro establecimiento. Es un gusto devolvérsela, y esperamos volver a contar con su visita en un futuro cercano”.
El trozo de papel donde estaba escrita la nota era de color rosa y arriba a la derecha tenía impreso el membrete que decía: “Hotel Le Plaisir”.




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