Un pequeño cuento de amor
Habían llegado a esa casa recién casados, medio siglo antes, y allí habían pasado casi toda la vida; a falta de tener hijos sentían la casa con sus añejas vigas de maderas como su descendencia y la cuidaron hasta que la muerte de la esposa produjo una momentánea separación. Ahora Ocultoso vivía solo en ese lugar que representaba todo para él. Resignado esperaba el final de sus días rodeado de las cosas queridas que lo habían acompañado durante toda su existencia.
l I
El lector curioso querrá saber la razón del extraño nombre de nuestro personaje.
En el siglo XVIII, un pastor protestante llamado Archibald Lost* fue trasladado por orden del obispado desde la campiña inglesa a una ciudad de España.
Para que pudiese hacerse cargo de su nueva misión, y que tuviese efectividad su presencia en ese lugar, la superioridad le había exigido que españolizase su apellido y así Lost se transformó en Perdido; Archibald Lost era un antepasado lejano de Ocultoso.
I I I
Pocas semanas antes del nacimiento de nuestro hombre, su padre , un jugador compulsivo, había hecho una apuesta: que en dos horas podría rectificar veintisiete arandelas muy sofisticadas que se colocaban dentro de los amortiguadores de los automóviles de alta competición.
Éstas eran las condiciones: si cumplía con lo estipulado, un compañero lo reemplazaría en el torno durante quince días y él gozaría de vacaciones y si perdía, previas consultas entre sus camaradas, le impondrían un nombre ridículo al hijo por nacer. Produjo veintiséis unidades. Fue una fiesta acompañarlo a registrar al pequeño Querían asegurarse de que cumpliría con lo estipulado.
Las consecuencias de esa burda apuesta dieron como resultado que el niño se llamase Ocultoso.
Su vida fue un calvario. Ya en la escuela, sus compañeritos, crueles como solamente suelen ser los niños, le habían puesto toda clase de apodos, inclusive sus maestros, cada vez que lo nombraban, no podían reprimir una leve sonrisa. Era el receptor de todo tipo de bromas, la mayoría muy hirientes. Lo tenían a mal traer.
Tenía fundados temores de que en los estudios superiores, sus condiscípulos también le harían la vida imposible. Al finalizar el colegio, no quiso seguir estudiando y decidió buscar trabajo. Tuvo una idea que lo ayudó a sobrellevar su carga: le pidió a su patrón que lo llamase con otro nombre frente a sus compañeros y como éste era una persona comprensiva, así lo hizo. Pudo trabajar sin problemas: se llamó Paco.
A pesar de todo, Ocultoso no se resignó; ya adulto trató de modificar su nombre, pero los funcionarios del Registro Civil consideraron que no era ofensivo ni para él ni para los demás y le rechazaron una y otra vez su petición.
IV
A pesar de todo, la vida tiene vericuetos gratificantes. En sus cotidianos viajes hasta el trabajo conoció a una muchacha bonita, alegre y charlatana. Pronto se hicieron amigos y al poco tiempo, se dieron cuenta de que eran el uno para el otro. Llamarse Ocultoso no fue ninguna traba para su romance, ella también tenía un nombre poco común: Clodomira Pereyra.
Pocos meses después se casaron; con sus ahorros compraron una casa de madera muy vieja en el Tigre y en bastante mal estado, lo que no fue impedimento para afrontar la gran aventura. Con el transcurrir de los años, la transformaron en una vivienda confortable. Los primeros muebles, eran de quebracho. La cama, algunos armarios, la mesa del comedor y sillas fueron comprados en un corralón que vendía elementos usados. La parte blanca era obra de ella. y Ocultoso se ocupaba de todo lo demás. Como sentían gran cariño por los animales; criaron a una pareja de ovejeros alemanes que los acompañaba. También cumplían las veces de guardianes. En poco tiempo llenaron el lugar de impertinentes cachorros que después fueron regalados porque ya no quedaba espacio para albergarlos.
En los ambientes de la casa se notaba la dulce mano de Clodomira. Los manteles de alegres colores, toda clase de muñecos de lana desparramados por cada rincón, coquetas cortinas en las ventanas, donde las macetas con flores infundían calidez al hogar.
Fueron felices a pesar de sus extraños nombres, estos sonaban con dulce sabor cuando los pronunciaban entre ellos.
Transcurrieron los años, la pareja logró granjearse el cariño de todos los vecinos y amigos. Ella fue la primera que dejó este mundo; él no aguantó y la siguió al poco tiempo.
V
Acatando su última voluntad: lo vistieron con sus mejores ropas, lo acostaron en la cama donde había compartido las horas de amor con su esposa y lo cremaron juntamente con su “hija”, en una ceremonia donde las llamas se elevaron en un cielo limpio que esperaba por las almas que viajaban hacia el infinito.
*Lost: significa perdido en ingles.




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