Georgina vivía en el último piso de un edificio céntrico, no demasiado lujoso, pero sí coqueto y prolijo. cálido y acogedor como su ocupante; los estantes llenos de libros en distintos idiomas, el viejo Winco que todavía funcionaba, y otra repisa que era ocupada por videos con temas de interés general y una discoteca muy bien surtida. El habitat mostraba una necesidad de cultura. En cada resquicio libre se veía todo tipo de plantas y pequeños adornos , centenares de elefantes de toda forma y tamaño, que eran su locura, bichitos, mariposas de vidrio, porcelana, madera, era un gusto ver como lo tenía ubicado en distintas mesitas.
Había emigrado de muy joven desde Georgia que en ese momento estaba bajo la dominación de Ucrania.
Tuvo variados trabajos y hoy tenía un negocio en una pequeña galería en las afueras de la ciudad y le iba bien, cubría sus necesidades y algo más. Nunca se había casado, a pesar de eso, a su manera, era feliz.
La experiencia, adquirida a través de su largo recorrido por este mundo, le otorgaba inteligencia y capacidad necesaria para comprender a todos sus congéneres que continuamente le contaban y la mantenían al tanto de sus penas y problemas.
Por su curiosidad conocía todas las novedades políticas, científicas, culturales e inclusive de los últimos chimentos de la farándula, a veces sus conocimientos no alcanzaban pero igual encontraba manera de hablar con sentido de lo que ocurría su alrededor, siempre de buen humor. Era una samaritana, la querían todos.
Se dedicaba casi por completo a sus plantas y era correspondida por ellas. A su manera, éstas también estaban prendadas de su manera de ser.
Una mañana volviendo de sus compras cotidianas encontró tirada en la basura de un vecino y que por su raquítico tamaño pasaba desapercibida, una planta que apenas pocos centímetros que sobresalía de una maltrecha maceta. La recogió, la limpió, y la puso en un nuevo macetero. Le habló con cariño, creyó sentir reciprocidad a sus cuidados y la transformó en su preferida.
Pasó el tiempo. Su nueva inquilina crecía rápido ; la tuvo que ubicar en otro sitio de la habitación, en el piso, cerca de la ventana, para que se pudiese acomodar a sus anchas sin molestar a las demás
Georgina vivía sin problemas, siempre contenta.
Una mañana, mientras regaba sus plantas percibió un movimiento extraño de su favorita: ésta apoyó una hoja en su brazo. No le dio importancia, supuso que era su imaginación. Pero la actitud se fue repitiendo casi a diario, y se transformó en una costumbre.
Aquel día cerca del anochecer notó que los brotes de la planta crecían en forma extraña y que comenzaban a ramificarse debajo de los muebles y alfombras, reptaba por las paredes, se metían por todos lados. Se preocupó y pidió consejo a Ronaldo, un paisajista amigo, que le aconsejó podar las ramas, los meses pares las oscuras y los impares las claras.
Estaba decidida a no desprenderse de ella.
Las instrucciones dieron resultado, la planta detuvo su crecimiento.
Y como era metódica, el recortar los brotes se le hizo una rutina. Pero una distracción causó que en el mes de noviembre podase las ramas equivocadas. Al darse cuenta de su error, ya era tarde, la planta comenzó a crecer de una manera desmedida, con tanta violencia que podía escuchar los movimientos que durante el día se magnificaban. En la noche le era imposible descansar.
Consultó con el paisajista, éste le aconsejó sacarla de inmediato del departamento. A pesar de su pena. estuvo de acuerdo y lo decidió un viernes a última hora. Su amigo traería ayuda el lunes para poder retirarla.
Georgina trastornada pasó la noche del sábado en vela.
Ronaldo, preocupado, intentó, en la mañana del domingo, comunicarse con ella. Como no respondía el teléfono, pidió al encargado que le facilitase la llave maestra. Tuvo dificultades para abrir. Forzó la puerta y se encontró con el departamento invadido de ramas, los muebles volcados, alfombras levantadas, era un pandemoniun. Buscó a Georgina por todas partes, pero no la encontró.
Por último se asomó por la ventana y allí la vio en el balcón de abajo, en cuclillas en el piso, echa un ovillo, en camisón, aterida de frío. En su rostro una expresión de asombro y terror, con la vista clavada en una gruesa rama de la cual pendía una hoja en la que se dibujaba una cruel mueca de satisfacción.
En ese instante, Ronaldo sintió que de atrás lo empujaban.
Martínez 22 de junio de 2002




1 comentarios:
Flor de planta
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