sábado 21 de junio de 2008

BIANCA Y SUS SIETE AMANTES

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Reyna, vivía junto a su hijastra Bianca, en un coqueto departamento con amplia vista al Jardín Botánico sobre la avenida Santa Fe. Era un último piso con ambientes bien amueblados, uno era el dormitorio de la dueña de casa, el otro lo ocupaba su hijastra, lo que Reyna ignoraba, a pesar de vivir muchos años en ese departamento era que a través de las paredes Bianca escuchaba todo lo que sucedía en la habitación contigua en donde ella, su madrastra, desarrollaba sus actividades; contaba con mullidas alfombras que hacían que el desplazamiento de las personas resultase silencioso. Tenía una pileta con forma de riñón que le daba un toque distinguido a todo el entorno.

Plantas, algunas exóticas, flores de variado origen, pequeños adornos todos de buen gusto, como así también cuadros de reconocidos autores argentinos que hacían del ambiente un lugar acogedor en donde los clientes esperaban, su turno, con un vaso de wisky con hielo a su disposición. . La ocupación de la dueña necesitaba de estos lujos.

Reyna, había quedado viuda relativamente joven, y a cargo de Bianca por la cual no profesaba demasiado cariño, pero no tenía otra alternativa.

Cercana a los cincuenta, su aspecto era impecable. Alta, con una figura moldeada por años de gimnasia, era para su edad, una mujer atractiva , por otra parte su oficio así se lo exigía, siempre peinada a la última moda y su vestuario preparado por una modista amiga que lograba mostrar todas sus curvas y algo más.

Al morir el marido, que había dejado la mayor parte de la herencia a su hija y el resto a su esposa, con la condición de que el dinero no podría emplearse hasta la mayoría de edad de la niña, siempre y cuando las dos estuviesen con vida para esa ocasión. En el caso de que una de las dos falleciera (no tendría que ser por muerte violenta), la otra heredaría el total de la fortuna.

Los ingresos de Reyna eran importante pero no suficientes , por lo tanto se veía obligada a recibir la visita casi todos los días de caballeros que, por el pago de sus servicios solventaban los gastos que ocasionaba la compleja educación de Bianca, quien, por ser zurda, presentaba dificultades en sus estudios; los maestros intentaron modificar esa tendencia, pero por el contrario, su mano izquierda era la que más empleaba causándole inconvenientes con todos los que la rodeaban.

. La actividad de la madrastra funcionaba bien aunque con un elevado costo: al final de cada jornada quedaba exhausta . Su obsesión era seguir el tren de vida al cual la había acostumbrado su difunto marido.

Por su parte, Bianca, ya en plena adolescencia, no muy alta, casi menuda mostraba atributos nada despreciables, rasgos finos, tez muy blanca, cabello bien negro que le llegaba hasta la cintura; ya era para esa edad, diecisiete, una presa apetecible y ella lo sabía.

Algunos visitantes intentaron acercarse, a lo cual Reyna intervino con dureza: “Es mi negocio, no es el tuyo y no quiero que nadie me lo arruine”.

Sin embargo el argumento no dio resultado y, como el problema ya había salido de los carriles normales y era inaguantable, decidió cortar drásticamente la situación: encargó a uno de sus custodios que se llevase a Bianca y la hiciese desaparecer en algún lugar lejano sin ninguna alternativa de contactarse con nadie y menos tener posibilidades retornar a la ciudad.

Esa noche el hombre se llevó a la joven para cumplir con el pedido de su patrona. Por supuesto la chica estaba encantada, era la primera vez que salía sola con alguien del sexo opuesto.

Y ocurrió: Bianca, que había aprendido las artes de su madrastra casi todo a través de la pared de su dormitorio lo sedujo. Por supuesto él sucumbió y ella con gusto perdió su virginidad en el asiento trasero de su automóvil.

El joven, que en realidad era un buen chico tenía su corazoncito, decidió no lastimarla y la alojó en una cabaña de su propiedad, que rodeada de frondosos árboles la ocultaban de la vista de la gente que solía pasar por allí, él la empleaba para el fin de semana y le prometió que la visitaría todos los viernes por la noche. Asi aprovecharía su día libre. Por supuesto su patrona no tendría que enterarse de que la chica vivía en ese lugar tan cerca de la ciudad.

La casa tenía un aspecto muy particular, un poco más baja que las demás. Con techo de paja, a dos aguas, de madera entrelazada con largas raíces de cáñamo que sostenían toda la estructura. Los pisos eran de madera estacionada oscura y tenía una chimenea que parecía preparada para personas un poco más bajas que lo normal. Por esa razón había sido comprada barata y a un precio conveniente Era cómoda y acogedora .

2

En un comienzo Bianca apenas salía, se sentía muy bien con todas las comodidades que tenía a su disposición.

Al poco tiempo, ya con algo más de confianza, se animó a salir y pudo apreciar que en el vecindario había buena cantidad de varones quienes en cuanto se hizo ver, no ocultaron que es lo que deseaban.

. En el recorrido, cuando realizaba para las compras, la acompañaban hermosas palabras de admiración de todos los hombres que esperaban verla pasar.

No era para menos, con su manera de caminar, en su audaz vestimenta sabía cómo mostrar sus atributos y lo aprovechaba para promocionarse frente a la voracidad masculina.

Un buen día se preguntó si su madrastra podía ganar buen dinero ¿por qué no ella?

Pero no pensaba trabajar tan duro, así que planificó las visitas y decidió que serían no más de siete encuentros semanales; era su número de la buena suerte.

Los lunes, lo pasaba con algún caballero mayor que buscaba el cariño perdido en su casa; por supuesto Bianca lograba consolarlo. La tarifa sufría un recargo. Era mucho trabajo, que le pagaban sin regatear.

Los martes atendía a dos jóvenes con poca experiencia, no más. Les enseñaba, con ejemplos reales, de que manera hacer más placenteros los encuentros con sus primeras conquistas. Como llegaban juntos y mayormente eran estudiantes, el arancel sufría un descuento.

Luego de esta jornada quedaba sin fuerzas, por lo tanto el día miércoles recién de noche, recibía a algún señor de mediana edad con el cual no tenía demasiado trabajo y la tarifa era a voluntad.

Los jueves citaba a dos clientes con experiencia, en distintos turnos, uno por la tarde y el otro por la noche, de los cuales siempre aprendía nuevas técnicas que habría de emplear con algún cliente inexperto.

Y la noche del viernes la dejaba libre para dedicarse por completo al dueño de casa. Lo esperaba ansiosa. Con el tiempo aprendieron a quererse y eran una buena pareja. Una suave alfombra frente a la encendida chimenea proporcionaba la comodidad necesaria para sus juegos de amor.

No le fue mal; los sábados y domingos dormía hasta tarde, y se entretenía en cuidar el jardín y su huerta, y por la noche veía todas las telenovelas posibles repantigada en su sillón favorito, vestida con un corto pantaloncito y con una blusa muy liviana, comiendo alguna empanada o porción de pizza, que compraba en un local cerca de su casa.

3

Una noche de verano, Reyna, se enteró por una infidencia de un cliente en común de que la hijastra estaba cerca, que era su competidora y que tenía la agenda completa para las próximas semanas.

La madrastra se puso hecha una furia y se dijo “Esto no puede seguir así”.. Consultó a un cliente medico; le pidió algo con la cláusula de que la muerte de Bianca no tendría que ser violenta. El hombre luego de varias consultas entre sus colegas preparó un veneno que, agregando siete gotas a una pizza de anchoas, al poco tiempo de consumida le produciría una muerte suave sin dejar rastro alguno. A lo sumo aparentaría un paro cardíaco.

Reyna hizo el pedido según se lo indicaba la receta y esperaba que el sabor peculiar de la anchoa disimularía el sabor, agregó el veneno en la cantidad indicada por su cliente, sobornó al chico que hacía el reparto y le hizo llegar a su hijastra la comida letal.

Esa noche de viernes tenía una luminosidad especial, un cielo sin nubes bañado por una luna que con su luz iluminaba todo a su alrededor. Bianca, esperaba a su amigo que no había llegado aún. Escuchó el timbre, fue a ver quién era y abrió la puerta. Se extrañó, no había encargado nada, pero supuso que algún admirador quería quedar bien con ella. Como tenía hambre, recibió el paquete de manos del cadete.

La madrastra, que no pudo dominar su ansiedad, se llegó hasta el lugar y espió a través de una de las ventanas. Con satisfacción vio cómo Bianca abría el envoltorio y comenzaba a comer. Al escuchar un ruido cerca de ella y no queriendo ser descubierta se alejó, pero, como ya había visto bastante, quedó satisfecha. En pocos minutos más ya no tendría de qué preocuparse por la competencia de su hijastra.

De lo que no se enteraría nunca era de que la joven no habría de morir tal como ella lo había planeado. El que había preparado la receta del veneno no aclaró por considerarlo imposible, que el único antídoto descubierto por sus colegas era comer una pizza de anchoas con la mano izquierda, un viernes a la noche iluminada con una luna llena.

Martínez 12 de noviembre de 1998

Cuento original escrito en noviembre del año 1998 y corregido con la experiencia de octubre 2007, y revisado en mayo 2008.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

simpatica la nena