sábado 27 de septiembre de 2008

EL VELORIO


Para esas inefables entrometidas

El lugar y el ambiente era el de todos los velatorios; luz mortecina, baños ocupados, aire acondicionado al máximo e inservible. El café negro circulaba entre los presentes sin interrupción. Algunos más caraduras aceptaban una copa de cognac. No eran tontos, era importado de Francia y en la etiqueta se podía leer Martell

Los continuos murmullos vulneraban de manera desconsiderada el silencio requerido para la triste ocasión. No todos conocían a todos y las caras de circunstancia eran patéticas mientras saludaban a los deudos, pero cuando se alejaban un poco se formaba la consabida ronda de cuentos, festejados tapándose la boca para disimular que ya los habían escuchado en otro velorio.

Yo participaba en uno de esos corrillos. De pronto escuché que alguien comenzaba a reír sin poder ocultarlo, me di vuelta y vi que era Rigoberto.

— Muchacho, ¿qué te ocurre?

No podía parar, sostenía su humanidad con ambas manos e hizo un tremendo esfuerzo, pero le fue imposible. Sus carcajadas iban en aumento. Lloraba de risa,

—Por favor, dominate. Un poco de respeto — le dije enojado—al fin de cuentas estamos velando a tu suegra.

Por lo visto Rigoberto estaba descargando años de disputas, discusiones y menosprecio de su “ amada mamá política”

No me respondió y fue contagiando a los demás. Nadie sabía el porqué, pero el lugar se transformó en un desquicio indominable.

Poco a poco se fueron tranquilizando; por lo bajo pregunté a mi amigo qué había sucedido.

Intentó responderme, pero otra vez le dio un ataque y tuvo que salir a tomar algo de aire fresco para calmarse. Por un rato lo logró, pero la carcajada estaba a flor de labios. Todos se sentían molestos. No podían comprender lo que ocurría.

Esta situación se repitió una y otra vez, hasta que fue interrumpida de manera violenta::

La suegra haciendo un esfuerzo se tomó de los costados del ataúd se sentó bien erguida e indignada chilló :

—¿Porqué no me respetan, como corresponde a una anciana, en esta difícil situación? No sería hora de que me cuenten a mí también de qué se ríen.

miércoles 27 de agosto de 2008

EL PARAGUAS

Llovía y, como ya era una costumbre de la ciudad, ésta, hacía agua por todas partes. Para los que intentaban regresar de su trabajo, circular por el micro-centro era un suplicio. Baldosas flojas, entre charcos y charcos que salpicaban pantalones, polleras y zapatos provocaban grandes insultos hacia todos los jefes de gobierno habidos y por haber de la ciudad refundada por Garay con la mejor buena intención y sin saber en qué lío se metía. Corrían resignados a cobijarse bajo cualquier elemento que los protegiese.

Deolinda se asomó por la ventana: “La mierda que está feo” pensó “por suerte Aurora me prestó su paraguas, es un amor de chica, un poco rayada, pero a la gente hay que tomarla tal como es.”

Mientras ponía orden en sus papeles, llegó un mail desde Hong Kong, que ignoró. Como su jefe estaba de viaje, pudo tomarse esta libertad, había trabajado mucho y estaba “podrida” de los chinos; desde que eran independientes no tenían horario y, pretensiosos sin límites. Se creían los emperadores de las economías del universo. Razón no les faltaba.

Había dejado de llover; y Deolinda se dirigió hacia la estación Callao. Desde su privatización era una de las más calurosas; en los días en que la ciudad era agredida sin compasión por los rayos del sol parecía un sauna gigante, engañosamente ventilada por enormes turbos que sólo desplazaban, sin compasión, la masa de calor de un lado a otro del andén.

Aparte de la canícula, los servicios funcionaban bien. Entre otras cosas se podía comer desde una hamburguesa con todo tipo de condimentos, hasta cincuenta y siete gustos distintos de pizza a la piedra.

Cuando la chica llegó al puesto de helados y, como asidua asistente a todo tipo de sistema para adelgazar, decidió aprovechar que recién dentro de tres días tendría que ir a la reunión de colegas a controlar su peso, comió, un no tan modesto cucurucho de chocolate y dulce de leche. La llegada del subte hizo que se apurara a comer lo que restaba, sin darse cuenta de que el paraguas de su amiga caía al suelo y era levantado presuroso por un joven que lo puso en su maletín y se ubicó muy cerca de ella.

Era redondita y tenía lo suyo: facciones agradables, alta, apreciable busto que a muchos hombres les gustaba. Usaba anteojos sin marco y siempre tenía la sonrisa a flor de labios, lo que mostraba su buen carácter. Pero no tenía a nadie en quien descargar su cariño, sufría el mal de la época: faltaban pantalones rellenos con atributos masculinos.

Cuando se abrieron las puertas del subte ocurrieron varias cosas al mismo tiempo: se desocuparon dos asientos. Deolinda, que ya había terminado su helado, se sentó, y el joven pudo acomodarse a su lado. Ella abrió su bolso buscando un pañuelo de papel para limpiarse las manos y en ese instante se dió cuenta de que le faltaba el paraguas.

Volvió a buscar dentro de ese impresionante revoltijo que es una cartera de mujer, lápiz de labios, pañuelos, espejo, llaves, cigarrillos y encendedor, pero el adminículo no aparecía; mientras tanto el joven, de reojo, observaba y gozaba de la situación.

Se puso mal. Su amiga le había recomendado que lo cuidara, era un regalo de su novio, esa noche tendría flor de problema.

—- ¿Qué buscás? —preguntó él con una sonrisa burlona.

—- A vos qué te importa—respondió enojada.

—- Che, nena no te enojes, ¿es esto? —Y le mostró el paraguas.

La cara de la joven se transformó a la misma velocidad que el personaje de la película “La máscara”, era la dulzura personificada.

—¡ Ay!, sí ¿dónde lo encontraste?

—Por allí, dijo el joven haciéndose el interesante—¿no te parece que merezco alguna gratificación?.

Ella que no era zonza, dándose cuenta de su intención, le contestó:

—- Pará la mano, no te conozco, no sé quién sos, pero ¿me invitás a tomar un café? y charlamos un poco—dijo recordando el faltante de hombres en este mundo cruel.

De allí en adelante todo fue simple, fueron a un boliche y se hicieron grandes amigos; la conversación los atrapó de tal manera que cuando se fueron dejaron el paraguas olvidado.

II

—- ¡Mamá. Mamá, mirá lo que me encontré!, gritó como un desaforado Manolito mostrándole el paraguas.

—-Bestia peluda, ¿a quién se lo sacaste, devolvelo en seguida, ya bastante líos tuve con vos esta tarde cuando le pusiste un petardo encendido debajo del sillón a tu abuela. Por suerte es sorda como una tapia y no escuchó la explosión.

—-Mami, te lo juro, lo encontré en una silla, no me pegues, ¿no te acordás que prometí portarme bien.?

—-Bueno, dejáme tranquila, sentate y comé el sándwich y tomá tu tónica mientras llega tu papá.

El que esperaban no era el padre del chico, era el amante de turno de la mujer, que tenía como deporte cambiar de pareja con cierta facilidad; su hijo se había acostumbrado a la situación y ya no preguntaba.

La mujer tomó el paraguas y lo miró con curiosidad, le gustó y supuso que le traería suerte.

Pero no fue así.

En eso apreció el padre del chico que se había enterado que su ex-mujer se encontraría con su nuevo amigo.

Entró hecho una tromba en el lugar; al verla se acercó furioso, le propinó un tremendo sopapo, agarró al niño de la mano y se lo llevó diciendo:

—-Pobre de vos si intentás algo con el nene; no me interesa que te acuestes con cualquiera, pero a mi hijo no lo verás más.

I I I

El revuelo que se armó fue aprovechado por un “ciego” que en ese momento recorría el local pidiendo limosna; al ver el paraguas lo tomó y lo escondió bajo su campera, se sacó los anteojos negros y se perdió entre la gente que bajaba a la estación del subterráneo.

“Ya no me mojaré”, pensó contento.

Pero el destino le hizo una zancadilla. Fue atropellado por la multitud que esperaba volver a sus casas a esa hora y, sin poder retenerlo, el paraguas cayó a las vías siendo destrozado por el tren que entraba en ese momento a la estación Federico Lacroze.

domingo 17 de agosto de 2008

MALTRATO

El muchacho recorría sin rumbo fijo las calles de la ciudad. Era joven y sus largas piernas le permitían desplazarse y eludir sin dificultad a los pocos transeúntes que a esa hora y en ese tórrido amanecer se dirigían a sus ocupaciones. Bajo la pertinaz lluvia, la policía, que estaba detrás de él, con modernos vehículos, trataba de alcanzarlo, pero él, corriendo por las angostas calles, lograba, por el momento, mantener cierta distancia de ellos; no se había desprendido de la gallina que había robado de una casa cercana.

Vivía en un barrio de emergencia junto a su hermana y había que arreglárselas de cualquier manera para poder subsistir. Él trabajaba cada tanto como estibador en el puerto. La pequeña quedaba largas horas con algún vecino con el cual podía compartir eventualmente un poco de comida. El muchacho había quedado por el momento sin trabajo y les faltaba el alimento.

Esa madrugada no aguantó más y tomó una decisión: saldría a buscar comida. Si tenía que robar, lo haría. Nunca lo había hecho, pero ya no le importaba nada, no podía ver llorar de hambre a su hermanita. No comía nada consistente desde hacía varios días. Ella tenía apenas doce años.

Esta situación la habían vivido infinitas veces sin embargo siempre había conseguido algo dentro de las basuras para calmar sus estómagos; pero ya había pasado el recolector; lo único que había encontrado eran bolsas de plástico con deposiciones de algún perro que su amo había retirado de la vía pública para cumplir con las reglas de urbanismo.

Parecía que todos se habían puesto de acuerdo; no encontró nada ni siquiera algunos huesos de pollo que podría calentar en el brasero para preparar algún brebaje que se asemejase a una sopa.

Entonces vio el gallinero, miró a su alrededor y viendo que no había nadie, tomó por el cogote a la primera gallina que tuvo a su alcance. Y corrió hacia su casa; los desesperados chillidos de los dueños del animal alertaron a la policía que comenzó a perseguir al muchacho. Fueron implacables y no tardaron en alcanzarlo. Ya tirado en el cemento lo azotaron con brutal saña, ensangrentando sus garrotes, lo patearon destrozándolo internamente. Murió a los pocos minutos. Nadie hizo nada para detener a las bestias que dejaron tirado el cadáver en el pavimento, alejándose del lugar. Algún ser piadoso ya lo recogería.

El chico era negro.

sábado 9 de agosto de 2008

LA CAJA DE BOMBONES


I
La habían tirado allí en la madrugada, y por alguna razón, quedó oculta bajo un montón de basura y no fue encontrada por los linyeras que habitualmente visitaban ese sitio.
II
Era una mañana especial, cumplían bodas de oro. Fernando despertó temprano. Habrían de festejarlo esa noche junto a su familia reunida para esa ocasión .
Quería dar una alegría especial a su mujer, se lo merecía; soportarlo a él era una tarea por cierto difícil. En esos cincuenta años habían estado frente a situaciones duras, la vida ofrece momentos gratificantes pero también pone sus zancadillas. Había tenido problemas de salud, que Romina le ayudó a afrontar con cariño y mucha paciencia.
Aprovechando que ella dormía, se dirigió al centro comercial cercano; con intención de preparar un desayuno distinto.
Romina despertó y al no encontrar a su marido se puso mal, justo ese día, pero pronto se calmó al recordar que su esposo siempre hacía las compras temprano por la mañana.
Fernando al salir del hipermercado pasó frente a una bombonería donde exponían sus productos con buen gusto. Conocía la debilidad de su mujer, era golosa. Entró, lo atendió una hermosa joven, y en ese instante al hombre le brotó algo que ya tenía lejos en la memoria: la suave voz y el aspecto de la muchacha hicieron el resto.
— Señor ¿en qué puedo serle útil — preguntó. Él, completamente confundido, se sacó los anteojos empañados, se olvidó de todo, y lo único que atinó a decir fue:
—-Quiero un kilo de bombones.
— ¿Cuáles? —como dentro de una nebulosa, respondió :
—-Por favor, elíjalos usted.
Tuvo oportunidad de observar a la chica: alta, cabello rubio con dos largas trenzas que terminaban a la altura de la cintura confundiéndose con el comienzo de una cola bien redonda. Cuando se agachaba su corta pollera dejaba ver hermosas piernas. Toda ella era un espectáculo, y él se la comía con la mirada.
Dispuesta a quedar bien con su cliente, la joven seleccionó los bombones, los puso con sumo cuidado en una coqueta caja, uno por uno en su pirutin, preparó el paquete, le hizo un elegante envoltorio con papel de regalo dorado y cerrándolo con un gran moño rojo, se lo entregó.
Fernando abonó y como no tenía más nada que hacer en ese lugar le echó una última mirada a la vendedora, suspiró y volvió a su casa bastante movilizado, tan distraído estaba que dejó olvidado sobre el mostrador su tarjeta de crédito.
Como todos los sábados el trabajo era enloquecedor. Al rato, la cajera se dió cuenta del olvido de su cliente y lo informó a la encargada; ésta le pidió a la vendedora que lo llamara por teléfono para que la retirara, pero la mente de la muchacha estaba en otra cosa. Tenía previsto encontrarse con su novio y pasar juntos la noche. Al terminar su turno recordó el encargo y buscó la dirección de Fernando en la guía, le llevaría personalmente la tarjeta.
I I I
Esa noche Romina y su marido estaban en casa de su hijo festejando la grata fecha; tal fue la emoción por los regalos recibidos, que uno de los obsequios, la caja de bombones que Fernando había comprado esa mañana, quedó olvidada a un costado, abierta, pero sin haber sido tocado su contenido.
I V
Los jóvenes llegaron al hotel donde habrían de pasar las próximas horas. Cada instante fue de placer, quedaron agotados. Todas sus expectativas se vieron satisfechas. Mientras descansaban, la chica recordó su encargo; se lo comentó a su pareja y quedaron en llevarla más tarde.
Al abandonar la habitación, la muchacha tomó una hoja de papel y un sobre de la mesa de luz, puso dentro la tarjeta de crédito con una nota explicando lo ocurrido, y se dirigió al domicilio de Fernando. Como la casa estaba a oscuras, dejó la carta en el buzón; y se fue tranquila, feliz del brazo de su novio.
V
Ya de madrugada el matrimonio regresó a su casa, y mientras Fernando digitaba el código para abrir la puerta y aguantaba las fiestas de la perra, Romina abrió el buzón y se encontró con el sobre, lo abrió y leyó la nota, escrita con letra evidentemente femenina.
Al terminar se puso roja de indignación y atinó a gritar:
— ¡Fernando¡ justo hoy. Por eso te escapaste temprano esta mañana. Con otra podés y conmigo no, sos un degenerado—-abrió la puerta de calle, tomó lo primero que encontró, la caja de bombones, y sin pensarlo fue llorando hasta el baldío enfrente de su casa y la tiró al juntadero de basura
Su marido que no entendía nada, sorprendido levantó el papel y leyó:
“Señor, hoy a la mañana usted olvidó su tarjeta de crédito en nuestro establecimiento. Es un gusto devolvérsela, y esperamos volver a contar con su visita en un futuro cercano”.
El trozo de papel donde estaba escrita la nota era de color rosa y arriba a la derecha tenía impreso el membrete que decía: “Hotel Le Plaisir”.

jueves 26 de junio de 2008

PÓKER GRAN PARANÁ

Rigoberto sintió en todos sus huesos que había manejado demasiado y decidió hacer noche en el primer hotel que apareciese sobre la ruta.

Hacía veinte años que era viajante para una fábrica de chacinados en la zona de la Mesopotamia y a pesar de que su clientela le era fiel, las ventas, en los seis últimos meses habían caído mucho y su situación se tornaba cada vez más complicada; “Nenucha”, su pareja, le había puesto un ultimátum: estaba cansada de tantas penurias y si no mejoraban sus ingresos no le quedaba otra alternativa, estaba decidida a dejarlo.

Dejó el bolso en la habitación, y bajó a cenar, con intención de ir a descansar temprano. Trataría de olvidar por un rato sus problemas.

Mientras cenaba observó que en un costado del salón se jugaba a las cartas. Sintió un cosquilleo que le era conocido y se dijo: “el juego te puede y tu situación es difícil, no estás en condiciones de perder un solo peso”. Sin embargo la curiosidad pudo más y se acercó.. Eran cuatro hombres que jugaban fuerte y como cada mesa tiene su propias reglas se quedó mirando.

Lo invitaron a jugar y el respondió que un poco más tarde.

De pronto se escuchó un griterío. Uno de los jugadores pegó un grito que atravesó el salón. Había ganado un fuerte pozo. Abrió las cartas y mostró un as de corazón, un siete de trébol, un nueve de diamante, un diez de corazón y una dama de pique, lo abrazaron y lo felicitaron palmeándole efusivamente la espalda

Rigoberto que jugaba al póquer con frecuencia no entendía nada; eran cinco cartas que no conformaban ningún juego conocido. Preguntó el porqué y le contestaron que era el: Póker Gran Paraná.

La tentación lo pudo. Aceptó la invitación, pero se hizo una promesa, a la primera mano mala dejaría de jugar.

El ambiente era tal como se muestra en las películas; los jugadores alrededor de una mesa redonda con poca luz, oteando sus cartas y envueltos en un denso humo de cigarros baratos con las viseras características para que no se le pudiese ver la expresión del rostro.

Hasta ese momento Rigoberto no había no perdido ni ganado, por lo tanto se divertía barato, pero...

Ya cansado avisó que sería su último juego. Sus compañeros se miraron entre sí, dudaron un instante pero estuvieron de acuerdo.

Rigoberto recibió sus cartas. Abrió la primera: un as de corazón, la segunda un diez de corazón “otra porquería” pensó irse al mazo pero algo se lo impidió y abrió la tercera: una dama de pique y de inmediato recordó las cinco cartas del Póker Gran Paraná. Se le cruzaron por la mente muchos de sus problemas, ¿podría retener a “Nenucha”?. ¡A la flauta! ¿tendría suerte esa noche? Miró el pozo acumulado y lo calculó: por lo menos veinte lucas. Se envalentonó y cuando el que repartía preguntó a los jugadores: ¿Cuantas? El pidió dos y las abrió de a una con suma cautela. Eran el siete de trébol y el nueve de diamante y su corazón pegó un salto. Trató de ocultar su ansiedad y le dio una chupada violenta al cigarrillo que no respondió, estaba apagado.

Volvieron a apostar; él se olvidó de todas sus buenas intenciones y por un momento se le cruzó por la cabeza reservar lo indispensable para poder seguir con su recorrido al día siguiente.

Su imaginación volaba. En esa bendita mesa estaba la solución de casi todos sus problemas. Pagaría sus deudas, mandaría al demonio a su amigo que le había negado el préstamo. Miró con avidez el pozo y vio que por lo menos se había duplicado, ¡cuanta guita!.

Se aumentaron las apuestas, Rigoberto se obnubiló y empujó al centro del paño todas sus fichas, había llegado la hora de la verdad. El primer jugador que abrió sus cartas mostró un full de reyes y reinas; otro, una pierna de ochos; el tercero tenía dos pares y quedaba el más joven que se despachó con cuatro reyes e intentó recoger el dinero del pozo. Rigoberto gritó: ¡No! y mostrando sus cartas exclamó: ¡Tengo Póker Gran Paraná¡ a lo cual los demás jugadores exclamaron al unísono ¡el Póker Gran Paraná se da una sola vez en la noche!.

Martínez 20 de abril de 1999

sábado 21 de junio de 2008

BIANCA Y SUS SIETE AMANTES

1

Reyna, vivía junto a su hijastra Bianca, en un coqueto departamento con amplia vista al Jardín Botánico sobre la avenida Santa Fe. Era un último piso con ambientes bien amueblados, uno era el dormitorio de la dueña de casa, el otro lo ocupaba su hijastra, lo que Reyna ignoraba, a pesar de vivir muchos años en ese departamento era que a través de las paredes Bianca escuchaba todo lo que sucedía en la habitación contigua en donde ella, su madrastra, desarrollaba sus actividades; contaba con mullidas alfombras que hacían que el desplazamiento de las personas resultase silencioso. Tenía una pileta con forma de riñón que le daba un toque distinguido a todo el entorno.

Plantas, algunas exóticas, flores de variado origen, pequeños adornos todos de buen gusto, como así también cuadros de reconocidos autores argentinos que hacían del ambiente un lugar acogedor en donde los clientes esperaban, su turno, con un vaso de wisky con hielo a su disposición. . La ocupación de la dueña necesitaba de estos lujos.

Reyna, había quedado viuda relativamente joven, y a cargo de Bianca por la cual no profesaba demasiado cariño, pero no tenía otra alternativa.

Cercana a los cincuenta, su aspecto era impecable. Alta, con una figura moldeada por años de gimnasia, era para su edad, una mujer atractiva , por otra parte su oficio así se lo exigía, siempre peinada a la última moda y su vestuario preparado por una modista amiga que lograba mostrar todas sus curvas y algo más.

Al morir el marido, que había dejado la mayor parte de la herencia a su hija y el resto a su esposa, con la condición de que el dinero no podría emplearse hasta la mayoría de edad de la niña, siempre y cuando las dos estuviesen con vida para esa ocasión. En el caso de que una de las dos falleciera (no tendría que ser por muerte violenta), la otra heredaría el total de la fortuna.

Los ingresos de Reyna eran importante pero no suficientes , por lo tanto se veía obligada a recibir la visita casi todos los días de caballeros que, por el pago de sus servicios solventaban los gastos que ocasionaba la compleja educación de Bianca, quien, por ser zurda, presentaba dificultades en sus estudios; los maestros intentaron modificar esa tendencia, pero por el contrario, su mano izquierda era la que más empleaba causándole inconvenientes con todos los que la rodeaban.

. La actividad de la madrastra funcionaba bien aunque con un elevado costo: al final de cada jornada quedaba exhausta . Su obsesión era seguir el tren de vida al cual la había acostumbrado su difunto marido.

Por su parte, Bianca, ya en plena adolescencia, no muy alta, casi menuda mostraba atributos nada despreciables, rasgos finos, tez muy blanca, cabello bien negro que le llegaba hasta la cintura; ya era para esa edad, diecisiete, una presa apetecible y ella lo sabía.

Algunos visitantes intentaron acercarse, a lo cual Reyna intervino con dureza: “Es mi negocio, no es el tuyo y no quiero que nadie me lo arruine”.

Sin embargo el argumento no dio resultado y, como el problema ya había salido de los carriles normales y era inaguantable, decidió cortar drásticamente la situación: encargó a uno de sus custodios que se llevase a Bianca y la hiciese desaparecer en algún lugar lejano sin ninguna alternativa de contactarse con nadie y menos tener posibilidades retornar a la ciudad.

Esa noche el hombre se llevó a la joven para cumplir con el pedido de su patrona. Por supuesto la chica estaba encantada, era la primera vez que salía sola con alguien del sexo opuesto.

Y ocurrió: Bianca, que había aprendido las artes de su madrastra casi todo a través de la pared de su dormitorio lo sedujo. Por supuesto él sucumbió y ella con gusto perdió su virginidad en el asiento trasero de su automóvil.

El joven, que en realidad era un buen chico tenía su corazoncito, decidió no lastimarla y la alojó en una cabaña de su propiedad, que rodeada de frondosos árboles la ocultaban de la vista de la gente que solía pasar por allí, él la empleaba para el fin de semana y le prometió que la visitaría todos los viernes por la noche. Asi aprovecharía su día libre. Por supuesto su patrona no tendría que enterarse de que la chica vivía en ese lugar tan cerca de la ciudad.

La casa tenía un aspecto muy particular, un poco más baja que las demás. Con techo de paja, a dos aguas, de madera entrelazada con largas raíces de cáñamo que sostenían toda la estructura. Los pisos eran de madera estacionada oscura y tenía una chimenea que parecía preparada para personas un poco más bajas que lo normal. Por esa razón había sido comprada barata y a un precio conveniente Era cómoda y acogedora .

2

En un comienzo Bianca apenas salía, se sentía muy bien con todas las comodidades que tenía a su disposición.

Al poco tiempo, ya con algo más de confianza, se animó a salir y pudo apreciar que en el vecindario había buena cantidad de varones quienes en cuanto se hizo ver, no ocultaron que es lo que deseaban.

. En el recorrido, cuando realizaba para las compras, la acompañaban hermosas palabras de admiración de todos los hombres que esperaban verla pasar.

No era para menos, con su manera de caminar, en su audaz vestimenta sabía cómo mostrar sus atributos y lo aprovechaba para promocionarse frente a la voracidad masculina.

Un buen día se preguntó si su madrastra podía ganar buen dinero ¿por qué no ella?

Pero no pensaba trabajar tan duro, así que planificó las visitas y decidió que serían no más de siete encuentros semanales; era su número de la buena suerte.

Los lunes, lo pasaba con algún caballero mayor que buscaba el cariño perdido en su casa; por supuesto Bianca lograba consolarlo. La tarifa sufría un recargo. Era mucho trabajo, que le pagaban sin regatear.

Los martes atendía a dos jóvenes con poca experiencia, no más. Les enseñaba, con ejemplos reales, de que manera hacer más placenteros los encuentros con sus primeras conquistas. Como llegaban juntos y mayormente eran estudiantes, el arancel sufría un descuento.

Luego de esta jornada quedaba sin fuerzas, por lo tanto el día miércoles recién de noche, recibía a algún señor de mediana edad con el cual no tenía demasiado trabajo y la tarifa era a voluntad.

Los jueves citaba a dos clientes con experiencia, en distintos turnos, uno por la tarde y el otro por la noche, de los cuales siempre aprendía nuevas técnicas que habría de emplear con algún cliente inexperto.

Y la noche del viernes la dejaba libre para dedicarse por completo al dueño de casa. Lo esperaba ansiosa. Con el tiempo aprendieron a quererse y eran una buena pareja. Una suave alfombra frente a la encendida chimenea proporcionaba la comodidad necesaria para sus juegos de amor.

No le fue mal; los sábados y domingos dormía hasta tarde, y se entretenía en cuidar el jardín y su huerta, y por la noche veía todas las telenovelas posibles repantigada en su sillón favorito, vestida con un corto pantaloncito y con una blusa muy liviana, comiendo alguna empanada o porción de pizza, que compraba en un local cerca de su casa.

3

Una noche de verano, Reyna, se enteró por una infidencia de un cliente en común de que la hijastra estaba cerca, que era su competidora y que tenía la agenda completa para las próximas semanas.

La madrastra se puso hecha una furia y se dijo “Esto no puede seguir así”.. Consultó a un cliente medico; le pidió algo con la cláusula de que la muerte de Bianca no tendría que ser violenta. El hombre luego de varias consultas entre sus colegas preparó un veneno que, agregando siete gotas a una pizza de anchoas, al poco tiempo de consumida le produciría una muerte suave sin dejar rastro alguno. A lo sumo aparentaría un paro cardíaco.

Reyna hizo el pedido según se lo indicaba la receta y esperaba que el sabor peculiar de la anchoa disimularía el sabor, agregó el veneno en la cantidad indicada por su cliente, sobornó al chico que hacía el reparto y le hizo llegar a su hijastra la comida letal.

Esa noche de viernes tenía una luminosidad especial, un cielo sin nubes bañado por una luna que con su luz iluminaba todo a su alrededor. Bianca, esperaba a su amigo que no había llegado aún. Escuchó el timbre, fue a ver quién era y abrió la puerta. Se extrañó, no había encargado nada, pero supuso que algún admirador quería quedar bien con ella. Como tenía hambre, recibió el paquete de manos del cadete.

La madrastra, que no pudo dominar su ansiedad, se llegó hasta el lugar y espió a través de una de las ventanas. Con satisfacción vio cómo Bianca abría el envoltorio y comenzaba a comer. Al escuchar un ruido cerca de ella y no queriendo ser descubierta se alejó, pero, como ya había visto bastante, quedó satisfecha. En pocos minutos más ya no tendría de qué preocuparse por la competencia de su hijastra.

De lo que no se enteraría nunca era de que la joven no habría de morir tal como ella lo había planeado. El que había preparado la receta del veneno no aclaró por considerarlo imposible, que el único antídoto descubierto por sus colegas era comer una pizza de anchoas con la mano izquierda, un viernes a la noche iluminada con una luna llena.

Martínez 12 de noviembre de 1998

Cuento original escrito en noviembre del año 1998 y corregido con la experiencia de octubre 2007, y revisado en mayo 2008.

E L L A

Georgina vivía en el último piso de un edificio céntrico, no demasiado lujoso, pero sí coqueto y prolijo. cálido y acogedor como su ocupante; los estantes llenos de libros en distintos idiomas, el viejo Winco que todavía funcionaba, y otra repisa que era ocupada por videos con temas de interés general y una discoteca muy bien surtida. El habitat mostraba una necesidad de cultura. En cada resquicio libre se veía todo tipo de plantas y pequeños adornos , centenares de elefantes de toda forma y tamaño, que eran su locura, bichitos, mariposas de vidrio, porcelana, madera, era un gusto ver como lo tenía ubicado en distintas mesitas.

Había emigrado de muy joven desde Georgia que en ese momento estaba bajo la dominación de Ucrania.

Tuvo variados trabajos y hoy tenía un negocio en una pequeña galería en las afueras de la ciudad y le iba bien, cubría sus necesidades y algo más. Nunca se había casado, a pesar de eso, a su manera, era feliz.

La experiencia, adquirida a través de su largo recorrido por este mundo, le otorgaba inteligencia y capacidad necesaria para comprender a todos sus congéneres que continuamente le contaban y la mantenían al tanto de sus penas y problemas.

Por su curiosidad conocía todas las novedades políticas, científicas, culturales e inclusive de los últimos chimentos de la farándula, a veces sus conocimientos no alcanzaban pero igual encontraba manera de hablar con sentido de lo que ocurría su alrededor, siempre de buen humor. Era una samaritana, la querían todos.

Se dedicaba casi por completo a sus plantas y era correspondida por ellas. A su manera, éstas también estaban prendadas de su manera de ser.

Una mañana volviendo de sus compras cotidianas encontró tirada en la basura de un vecino y que por su raquítico tamaño pasaba desapercibida, una planta que apenas pocos centímetros que sobresalía de una maltrecha maceta. La recogió, la limpió, y la puso en un nuevo macetero. Le habló con cariño, creyó sentir reciprocidad a sus cuidados y la transformó en su preferida.

Pasó el tiempo. Su nueva inquilina crecía rápido ; la tuvo que ubicar en otro sitio de la habitación, en el piso, cerca de la ventana, para que se pudiese acomodar a sus anchas sin molestar a las demás

Georgina vivía sin problemas, siempre contenta.

Una mañana, mientras regaba sus plantas percibió un movimiento extraño de su favorita: ésta apoyó una hoja en su brazo. No le dio importancia, supuso que era su imaginación. Pero la actitud se fue repitiendo casi a diario, y se transformó en una costumbre.

Aquel día cerca del anochecer notó que los brotes de la planta crecían en forma extraña y que comenzaban a ramificarse debajo de los muebles y alfombras, reptaba por las paredes, se metían por todos lados. Se preocupó y pidió consejo a Ronaldo, un paisajista amigo, que le aconsejó podar las ramas, los meses pares las oscuras y los impares las claras.

Estaba decidida a no desprenderse de ella.

Las instrucciones dieron resultado, la planta detuvo su crecimiento.

Y como era metódica, el recortar los brotes se le hizo una rutina. Pero una distracción causó que en el mes de noviembre podase las ramas equivocadas. Al darse cuenta de su error, ya era tarde, la planta comenzó a crecer de una manera desmedida, con tanta violencia que podía escuchar los movimientos que durante el día se magnificaban. En la noche le era imposible descansar.

Consultó con el paisajista, éste le aconsejó sacarla de inmediato del departamento. A pesar de su pena. estuvo de acuerdo y lo decidió un viernes a última hora. Su amigo traería ayuda el lunes para poder retirarla.

Georgina trastornada pasó la noche del sábado en vela.

Ronaldo, preocupado, intentó, en la mañana del domingo, comunicarse con ella. Como no respondía el teléfono, pidió al encargado que le facilitase la llave maestra. Tuvo dificultades para abrir. Forzó la puerta y se encontró con el departamento invadido de ramas, los muebles volcados, alfombras levantadas, era un pandemoniun. Buscó a Georgina por todas partes, pero no la encontró.

Por último se asomó por la ventana y allí la vio en el balcón de abajo, en cuclillas en el piso, echa un ovillo, en camisón, aterida de frío. En su rostro una expresión de asombro y terror, con la vista clavada en una gruesa rama de la cual pendía una hoja en la que se dibujaba una cruel mueca de satisfacción.

En ese instante, Ronaldo sintió que de atrás lo empujaban.

Martínez 22 de junio de 2002